Cucarachas voladoras: episodio 3.
Repitiendo el gesto de unos años atrás, hace dos días una cucaracha entró volando por la misma ventana. Aunque la lógica nos diga que no se trata de la misma cucaracha, para mí el gesto se repite porque sigo teniéndoles el mismo miedo que entonces, porque el recuerdo de los dos sábados seguidos en que, cuando acababa de poner el casette en la videograbadora para disfrutar una película, el insecto entró con las alas de par en par es todavía muy fiel en mi memoria.
Entre los momentos más exaltados de mi vida están esos dos sábados y antes de ayer, donde cualquier gesto desesperado parece vano porque el ataque de nervios hace que las piernas se traben entre la pata de la mesa y la pata de la silla y uno quede atrapado, sin salida, sin posibilidad de correr la cortina al menos y evitar la entrada de una invasora próxima, sin oportunidad de matar a la que ya ha entrado o huir de ella.
El miedo a la cucaracha que acaba de entrar volando es similar al miedo a la que está en el techo porque no es posible imaginar si va a bajar volando, corriendo, caminando, cayendo. El drama mayor, el sueño más cruel, la cosa más dramática que puede pensar mi cabeza es que puedan posarse sobre mí.
Cuando recuerdo este último episodio no puedo evitar asociarlo con los dos anteriores y más lejanos porque en aquellas dos oportunidades las que entraron volando fueron a parar en la silla en que yo estaba sentada el otro día y, sin embargo, esta vez pasó de largo. ¿Suerte? ¿Casualidad? ¿Miedo de ella de caer donde yo estaba? Como un comentarista del artículo Investigación: las cucarachas vuelan? de este blog dijo, la sensación ante una cucaracha volando es de vulnerabilidad. Cuando uno siente alguna tranquilidad por la fumigación interna, ellas vienen de afuera, así como si nada, volando sin escalas…
